Gusano
Desde que era una adolescente comencé a vivir experiencias traumáticas y complejas que iba sorteando, como quien cae en una trampa y solo a través de moverse agitadamente logra soltarse, como uno de cada cien peces atrapados en una red, siempre hay uno que se mueve tan agitadamente que logra volver al agua y huye. Y es que no sentía que fuera una opción pedir consejo de una amiga o amigo, o de mis hermanos y muchos menos de mis padres. No sé por qué siempre he sentido que por alguna u otra razón aquí soy solo yo. Siempre he estado algo sola en cierto espacio. Puede sonar autocompasivo y quizá algo tramposo, pero es que es así. Es algo que simplemente es de esa manera. Con el tiempo, empecé a sentir que cargaba conmigo algo que no me permitía ser estable emocionalmente; como una cadena que cada vez se volvía más pesada al arrastrarla. Sufría mucho. Lloraba por todo, todo me daba miedo y estaba triste casi todo el tiempo. Me sentía realmente abrumada por la vida; simplemente me pesaba existir; comenzar los días. A raíz de esto y tras algunos intentos fallidos de ser constante en la terapia psicológica, recurrí a una opción según yo más espiritual, pues pese a que me sentía muy mal, había cierto coraje en mí que me decía que si lo pensaba bien yo tenía las herramientas para sanar y que podía con la misión. Finalmente había sobrevivido y aguantado tantas cosas, que cómo no iba a poder atravesar esto. Dice Bolaño que los poetas lo pueden soportar todo, así que por qué no. A raíz de ello y tal vez yendo en la dirección contraria de una adecuada salud mental comencé a volverme muy solitaria e inicié un plan de aislamiento voluntario que cobró fuerza con la pandemia. Quitando el miedo y la zozobra colectiva por el confinamiento, pensé que había llegado a mí el pretexto perfecto para no ver a nadie, creyendo fervientemente que la soledad me sanaría.
No puedo decir que estaba del todo equivocada porque poco a poco fueron desapareciendo las crisis nerviosas y los episodios de miedo, porque cuando sucedían los enfrentaba sola y aprendí a calmarme y a tener un poco más el control de mis pensamientos que muchas veces me aterraban, pues me imaginaba cosas o situaciones horribles y sentía una culpa enorme por todo lo que me sucedía. Me reprochaba todos los días mis malas decisiones. Puedo decir que siempre he tenido un cierto gusto por la lectura y en momentos de crisis recurría a los libros para ocupar y calmar la mente. A veces funcionaba y a veces no. Entre los libros que habían llegado a mi vida de manera casual, está Filosofías de la India del “escritor, indólogo y lingüista” (como lo indica Wikipedia) alemán, Heinrich Zimmer. Es un libro de mi hermano, quien en cierta etapa de su vida se introdujo de lleno al movimiento Hare Krishna, dándonos a entender a toda la familia que él también estaba en un sufrimiento y en un dolor constantes. Así que un día de esos de tristeza permanente, en los que sentía los ojos llenos de lágrimas pero sin poder soltar una sola, entré a casa de mis padres en una visita de rutina e hice lo que acostumbraba siempre. Llegar y entrar al estudio de mi mamá, una reconocida filóloga de la Antigüedad Clásica y Derecho Romano, a explorar sus libros y a recorrer con los ojos el librero, una y otra vez, como buscando una respuesta. Casi siempre encontraba algunos de mis libros de la infancia y me daba ternura; luego pasaba por la sección de pesados diccionarios de Retórica y Poética o libros pedagógicos sobre Etimologías Grecolatinas, mezclados entre álbumes de fotos, postales, recuerdos, documentos viejos y demás. Hasta la fecha sigo entrando, aunque sea para buscar un chocolate, porque mi mamá siempre tiene y le encantan, así que tiene unos muy buenos. Una tarde descubrí que le había hecho un espacio en uno de sus libreros a los libros de mi hermano en los anaqueles superiores, a los que solo se podía tener acceso subiendo a una silla. Me aventuré y encontré libros de Jodorowsky sobre Tarot y Psicomagia, otros sobre otros temas esotéricos y espirituales y ahí estaba a un costado Filosofías de la India. Me lo robé, no me pude resistir. Después se lo confesé porque tenía miedo de que se enojara conmigo, y hasta la fecha lo cuido y lo conservo bien porque también me llevé los de Jodorowsky, pero esos sí tuvieron que ser devueltos. Fue por ellos directamente a mi casa. Así es mi hermano.
Un día de pandemia, mientras me disponía a diseccionar el libro, sentada en mi escritorio, con verdadero compromiso a pesar del calor abrasador de los días de abril en que nos encerraron a todos, recordé el día en que mi hermano me invitó a visitar un templo de la conciencia de Krishna en la San Miguel Chapultepec, una colonia entre las caóticas calles de Revolución y Constituyentes al poniente de la Ciudad de México. Se podía entrar y visitar libremente; era una casa antigua bastante grande. Pude observar que estaba repleto de personas que practicaban su religión amorosamente y su actitud siempre era de servicio, algo que había leído en Filosofías de la India. Trapear los pisos y lustrar los cristales del templo era un honor y no una actividad menor, como suele manipularse en el mundo occidental. Ahora pienso que todo dependía también de quién y con qué frecuencia los estuviera limpiando para que aquello no fuera un caso de explotación y abuso, pero noté en su actividad algo que yo deseaba más que cualquier cosa. Había paz y serenidad en los semblantes de las personas que ahí trabajaban. Irradiaban tranquilidad; una energía bondadosa. Más tarde comimos en un restaurante comunitario de comida vegetariana que estaba ahí mismo. Era de cooperación voluntaria. Había arroz, berenjenas, todo tipo de verduras sazonadas con cúrcuma, lentejas, pan y agua de frutas. La única regla era acabarse todo, pues los alimentos eran un prasadam, una ofrenda que primero se hacía a Krishna y luego se repartía entre los devotos como una forma de conexión espiritual, por lo que comerla era más bien un acto sagrado.
Comí feliz, realmente agradecida por la experiencia. Llegó un momento en que por dentro sentía unas ganas profundas de echarme a llorar con mi hermano, de contarle la desesperanza que sentía pero también de la ilusión que había recuperado al visitar ese lugar. También tenía ganas de quedarme en el templo, de no salir de ahí. Sin embargo, me resistí al llanto, porque no quería hacerlo sentir mal y tampoco me sentía capaz de desnudar los sentimientos tan intensos que llevaba dentro y sacarlos así de la nada, porque pensaba que podría ser hasta traumático para la otra persona. Así que más bien seguí el ejemplo, me llevé el templo a mi casa, algo se me movió y comencé a pensar en la idea de que el ocio procastinador, porque vaya que hay ocio positivo, era el ambiente perfecto para enfermar la mente, así que comencé a ocuparme más, a ser más consciente de las labores domésticas, por ejemplo, a verlas y realizarlas desde otro enfoque. "Limpia y ordena tus cosas", reflexionaba. Porque muchas veces las preocupaciones de la mente tienen que ver con futuro o con pasado, pero no hay nada más real que el aquí y el ahora. Era mi propia aleccionadora; mi propio podcast. "Una habitación desordenada, una casa qué limpiar, son oportunidades para reconstruirnos a nosotros mismos, para serenarnos, para colocarnos en el presente sin dolor y a través de la concentración, y sobre todo a través de un acto tan bello de servicio, ya sea para uno mismo o para alguien más”, me imagino, leyendo con voz de inteligencia artificial. Lo que sí es que además tenía muchos perros que demandaban cuidado, atención y una conexión emocional que había dejado de darles porque estaba como muerta en vida. Así que nunca me faltó trabajo en esa época. Romanticé por completo las actividades de servicio, creyéndolas mi salvación. El problema era cuando tenía mucho tiempo libre. Solía beber y fumar en exceso yo sola en casa porque no quería ver a nadie, no quería salir con nadie, no quería arriesgarme, quería poder lograr estar sola conmigo sin sufrir; se me volvía un anhelo y una obsesión enorme. Bebía y bebía feliz y fumaba feliz porque pasaba largas jornadas de música y mezcal pero en la mañana la tristeza me venía de golpe de nuevo. Otra vez los ojos llenos de lágrimas atoradas. Pensaba en la hipocresía de según yo practicar mi espiritualidad en las mañanas y por las tardes o noches encarnar al mismo Bukowksi. En esos momentos de derrota y una inminente adicción al alcohol y al tabaco, solía pensar que todo eso, el plan de aislamiento voluntario era más bien una tortura y una farsa; un fortalecimiento del espíritu a base de soportarme a mí misma. Después, resultó que el templo de la conciencia de Krishna ni era tan consciente, ni tampoco tan templo, porque comenzamos a darnos cuenta que era más bien una empresa de venta de libros religiosos disfrazado de espiritualidad. Mi hermano, que había sido y hasta la fecha es devoto mandó al carajo al templo y se volvió más libre y más feliz.
Por mi parte, sigo adorando las actividades domésticas y de servicio, ya no tanto por que me conecten con mi lado espiritual, sino porque son una herramienta para mantenerme cuerda y como estable en una tabla al borde del precipicio, en la que, por lo menos, mientras nada suceda en mi vida o no logre avanzar, al menos tengo esa base de hacer algún bien a alguien más o a mí misma y estar con los dos pies en la tierra en lo más inmediato, que es cuidar de un hogar. Alguna vez tuve una psicoanalista argentina a la que quise y aún quiero mucho, el amor no acaba. Cuando le platicaba de los ataques de ansiedad o pánico, me sugería: imagina que eres un gusano; ¿qué haría un gusano? Tal vez comer, ir de un punto a otro, caminar por la tierra mojada, esas cosas, cosas básicas, sencillas, simplemente existir. “A veces el modo gusano nos frena; nos sitúa en el presente; nos indica que en realidad no nos hace falta nada para estar bien, simplemente una mente conectada con el cuerpo; con la función vital de respirar y estar en armonía con nuestra naturaleza de seres vivos”, dice ese podcast. Todavía me emborracho y fumo; soy Bukowski y gusano y devota de Krishna y hasta deportista. Simplemente, soy.
RM



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