El exégeta de Blanes y de la Gustavo A. Madero
“Creemos que el arte discurre por esta acera y que la vida, nuestra vida, discurre por esta otra, y no nos damos cuenta de que es mentira”.
Roberto Bolaño.
Mi pasión por Bolaño es robada. Observé detenidamente a alguien más idolatrándolo y lo envidié; me atrapó la curiosidad y el misticismo que desprendía y entonces empecé a leerlo de manera obsesiva en una actitud imitadora, romántica y tal vez algo competitiva, detalle menor. Es curiosa la forma en la que llegaron los primeros libros suyos a mis manos pues creo que no tuvo nada que ver con una intención ni muy lectora ni muy intelectual de mi parte. Creo que a veces este tipo de cosas en lugar de ser acontecimientos extraordinarios son en realidad simples consecuencias de actos ajenos. Como cuando alguien deja un libro en casa de otra persona por distracción y jamás vuelve por él y en una fechoría, entre traviesa y egoísta, el de la casa no lo devuelve y lo convierte en suyo. O también cuando nos regalan un libro inesperado, al que al inicio no le prestamos atención y lo confinamos al librero, e incluso llegamos a olvidar por completo cómo es que lo tenemos o cómo es que llegó a nosotros. Y tal vez sea mejor mencionar que cualquiera de estas posibilidades está estrechamente relacionada con la casualidad.
Fueron entonces Los Detectives Salvajes y la colección de Cuentos completos los primeros. Para hacer sentido a la explicación anterior, no tengo el más mínimo recuerdo de haber ido a la librería a comprar Los Detectives Salvajes, sólo sé y estoy segura de que yo lo compré. En el caso de los Cuentos completos, un libro más bien extenso de casi ochocientas páginas, me lo regaló un amigo muy lector que solía tener en su casa un huacal donde colocaba libros que tenía repetidos o que no quería más y los trasladaba ahí en espera de nuevos dueños. En una visita aleatoria a su casa simplemente lo tomé o él me lo dio, tampoco recuerdo bien del todo ese detalle. En aquella época, Roberto Bolaño era un escritor muy poco conocido para mí y sentía que estaba perdiéndome de algo importante al no leerlo, así que aproveché la oportunidad sin pensarlo más. Me llevé ese y también, como segundo tesoro, mi amigo me ofreció después, de la misma colección de Cuentos completos de Alfaguara, el tomo número dos de los cuentos de Julio Cortázar. A él sí que lo conocía al menos un poco aunque tras una lectura algo superficial de Rayuela en la preparatoria y luego en la universidad, que en ambos casos debo confesar que entendí muy poco de lo que me quería decir el escritor en ese entonces. Hoy puedo decir, no que comprendo, porque Rayuela tiene algo o todo de incompleto y de absolutamente infinito, pero sí que me hizo adquirir una visión diferente respecto de las múltiples posibilidades de significado que pueden encontrarse en las situaciones de la vida y en las simples cosas. Sin embargo, como mala lectora, si es posible que en el mundo haya malos lectores, la colección de cuentos de Bolaño estuvo en mi librero por lo menos unos tres años antes de ser leída. Permaneció ahí mostrándose como una magnífica opción literaria, junto con varios otros libros que tengo que todavía no han sido leídos y que no estoy segura de si leeré alguna vez. No porque no tenga la voluntad, sino porque creo que debe haber algo más allá que aflore las ganas de tomar uno u otro, pues considero, cada vez con mayor certeza, desde que comencé a leer con voracidad, que mi relación con la literatura y los libros es totalmente circunstancial; como si la vida me fuera dictando en algo así como una intuición, qué libro toca. Sobre todo porque me sucede que los libros que he leído fuera de este método, de verdad que ya no los recuerdo; es como si se hubieran borrado de mi memoria, como si no supiera lo que estaba haciendo antes. Quedan exentos los primeros libros leídos, los de la infancia y la adolescencia, que permanecen en la mente o en el corazón como flechas que al desintegrarse, con el paso del tiempo se vierten en nuestra esencia.
Al adentrarme en la lectura de estos libros de Bolaño y al escuchar sus entrevistas, comencé a darme cuenta que compartía con él esa intención de leer sin forzar, lo mismo que las ganas de apreciar el oficio de la escritura como algo sencillo, que simplemente se tiene o no se tiene vocación para hacer, sin tanta pompa y pretensión. Bolaño decía que escribir era antinatural y que la actividad natural para una persona que desea cultivar medianamente su inteligencia es una buena lectura. De ahí que a veces escribir pueda provocar sensaciones que no nos gustan, que nos esfuerzan. Es en realidad algo fuera del cuerpo; cuando se quiere escribir es porque algo quiere salir de uno.
El espacio donde se puede atestiguar ampliamente la manera que tenía Bolaño de apreciar la literatura es en la entrevista que le realiza el presentador Cristián Warnken Lihn, sobrino del poeta chileno Enrique Lihn, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Santiago de Chile en 1999, casi cuatro años antes de que el escritor muriera. Muchos lo saben pero no está de más mencionar que Bolaño estaba enfermo del hígado y que murió esperando uno que funcionara mejor. Murió muy joven, tenía solo 50 años. Siempre me ha parecido algo triste, por una parte, y por otra algo enigmático; vivió algo así como la mitad de su vida, pero ¿Quién define dónde está la mitad de nuestras vidas? Tal vez Bolaño vivió su vida completa en el tiempo que duró o tal vez no se acercó nunca a la mitad o ni a un cuarto. Nunca lo sabremos. En fin, no puedo evitar proponer la idea de que la charla de La Belleza de pensar, nombre del programa cultural donde se transmitió la entrevista, la provocó de alguna manera el poeta Enrique Lihn y ya sin figurar en el mapa pues murió en el año 88'. También puede ser que Cristián Warnken haya decidido ser escritor, gracias a que su tío era Enrique Lihn. No lo sé, no puedo asegurarlo, pero sí que cabe la posibilidad. Y tal vez Cristián sabía que Bolaño era fanático y amigo de su tío, y tal vez por eso conocía bien su obra, y probablemente por eso fue él quien lo entrevistó. Todo esto muy posiblemente. Lo único que sabemos con certeza es que Bolaño y Enrique Lihn nunca se conocieron en persona pero sí que eran grandes amigos. Lihn fue el escritor que lo ayudó para que se publicaran sus primeros cuentos, luego de una correspondencia entre ambos, en un tiempo en que Roberto estaba en una depresión brutal cuando vivía solo en Europa. Pasaba los días en una casa casi perdida en un bosque, él lo cuenta, y en uno de esos decidió enviarle una carta entre caótica y existencial al escritor, a quien admiraba de verdad, y quién después de varios días le contestara sorpresivamente, regañándolo, no se sabe bien por qué, pero Bolaño decía en la ficción y también en la realidad, que la poesía chilena habría de cambiar el día que se leyera correctamente a Enrique Lihn. Para Bolaño, Lihn significaba mucho, le había tomado realmente por sorpresa que éste hubiera contestado su carta y además, que a partir de entonces se hubiera portado tan generoso con él. Lo ayudó en lo que pudo, sobre todo en difundir lo que escribía y también, en un ámbito más personal, Bolaño asegura que lo salvó hasta del suicidio; todo con sus cartas. A su vez, otro de los escritores favoritos de Bolaño fue el poeta Nicanor Parra, también chileno, por quién sentía una gran afinidad, pues pensaba que compartía con él la escritura de la poesía más en prosa y cotidiana, rayando en lo prosaico más que en lo lírico, así como su sencillez de escritor. Por su parte, Lihn escribió alguna vez un ensayo sobre Parra, lo que completa una simple pero agradable conexión entre estos escritores como si pertenecieran al mismo bando. Y aunque no se sabe muy bien de qué iba el bando, sabemos que era en el que había que estar. La amistad entre Enrique Lihn y Bolaño, así como la situación en la que vivía el escritor en Europa se narra parcialmente en el cuento Sensini, de la colección Llamadas Telefónicas con el que ganó el Premio de Narración Ciudad de San Sebastián en 1997, el cual también está inspirado en el escritor argentino Antonio di Benedetto, quien pese a ser un gran escritor, consideraba Bolaño, tenía que recurrir a concursos de escritura de provincia para subsistir, lo cual era una muestra de lo mal leída que era su literatura entonces.
No es tan difícil pensar para mí que leer a Bolaño no es lo único obsesivo que he hecho en la vida, por demás decir, pero en su caso, además de comenzar la cruzada de la lectura de todos sus libros, la cual, que quede claro, no he concluído en lo más mínimo, me puse en búsqueda de videos y audios sobre entrevistas, lecturas, presentaciones y demás materiales en los que el autor participó a lo largo de su vida para escucharle. Creo que no podría ser una búsqueda muy meritoria puesto a que está limitada a lo que está publicado en internet y porque obviamente hay otra loca o loco en el mundo que se ha dado a la tarea de seguirle la pista a este auténtico escritor muchísimo más de cerca y con verdadera minucia, como el marcaje personal que se hacen los futbolistas. No obstante, creo que lo valioso de esta búsqueda un poco necia e innecesaria hasta cierto punto, es simplemente ser testigo de su manera de pensar; de su atractiva exposición de ideas. Creo que Bolaño es un escritor que lo mismo que decía en una entrevista se puede encontrar en uno de sus cuentos o en una de sus novelas, pues parecía no separar mucho o si no es que nada, la ficción de la realidad. Bolaño estaba seguro que en lo cotidiano y genuino de cualquier ser humano habitaban el arte y la poesía; para él no había una separación. “La poesía es un gesto”, decía. No hay en él una academia impositiva pese a rayar en la erudición exégeta, de tantas y tantas referencias bibliográficas que utilizó en sus libros. Ya lo dijo también la escritora Lina Meruane, quien prologó los Cuentos completos, que Bolaño creó un sistema literario en torno a lo que imaginaba, creía y vivía. Es como si su literatura fuera una sola obra con cortes en diferentes momentos del tiempo pero todo en realidad formara parte de un mismo, extenso y complejo corpus; lleno de atajos inesperados, como un camino con muchas opciones para continuar, donde cada uno nos lleva a una posibilidad distinta y por lo tanto, a acontecimientos en contextos y situaciones diferentes que pueden suceder incluso con los mismos personajes al centro de sus historias. Como Arturo Belano y Ulises Lima en Los Detectives Salvajes, por ejemplo, a quienes hemos conocido en tantas y variadas aventuras y no tenemos ni siquiera que cambiar de libro para conocerlas, pues los hizo actores de cualquier escenario.
Bolaño era fanático de los juegos de estrategia. En Blanes, Cataluña, donde vivió por más de 15 años y hasta sus últimos días, los dueños de los negocios que frecuentaba lo conocían bien; uno de ellos era el de la tienda de juegos. La visitaba frecuentemente para comprar y claro, para platicar con el dueño. Hoy en día sería un temerario rival del Risk o de Catán, seguro. Le gustaban todo tipo de estrategias de guerra, conocía bien, paso a paso cómo habían ocurrido algunas de las batallas más importantes de la historia de la humanidad, como las batallas de Napoleón, por ejemplo o las tácticas y movimientos de los bandos en la primera y segunda guerra mundial, y claro, en la forma de actuar del ejército durante el golpe de estado en Chile, el cual vivió en carne propia, siendo un joven revolucionario entregado por completo a la causa allendista. No es en balde que hable de ello en sus libros como La literatura Nazi en América, Estrella distante o Nocturno de Chile, principalmente. Bolaño era una persona que se fijaba en estas cosas porque reconocía la agencia de los actores objetivamente y al mismo tiempo era amante de las posibilidades, del juego, sin dejar de lado, por supuesto, su ideología notable y abiertamente de izquierda, pero sin dejar que ésta le estorbara para afianzar la personalidad de sus personajes más hijos de puta. Es un hecho que la virtud que caracterizó a este escritor fue la humildad, así como su lucha por librarse de los juicios de valor de críticos, políticos y académicos connacionales y también extranjeros que intentaban menospreciar su literatura o hablar de él sin respeto alguno, a cada rato con aires de superioridad que él repudiaba abiertamente y sobre todo, de quienes se burlaba abierta y divertidamente y hasta el cansancio, cada que podía, en todos sus libros. Bolaño era un auténtico outsider. Crítico y consciente de las rancias élites literarias. Orgulloso de serlo. Para él, su propósito como escritor estaba lejos de la búsqueda de adulación y fama. Su intención era más bien intrínseca con la literatura. Lo dice también en la entrevista, que para él, arriesgarse literariamente significaba proponerle al lector una experiencia distinta a la que estaba acostumbrado a tener. “Un libro o una historia que tenga como fin último solo entretener tiene una vida cortísima”, decía. “Los textos deben de tener espejos en los que ellos se miren a sí mismos”. Pensaba mucho y pensaba de verdad en cómo proponer algo que no se repitiera, buscaba dar más de un significado a una sola cosa para profundizar y tal vez, lograr encontrarse de pronto en ese éter poético y humano en el que habita la creatividad y la posibilidad, lo mismo que la intuición y lo inesperado, en una especie de espacio anárquico en el que de verdad podríamos esperar que sucediera cualquier cosa, que además tendría todo y al mismo tiempo nada de significado, pero que estéticamente, literariamente se trataría de algo original, nunca antes visto; auténtico y sujeto a todo tipo de interpretaciones por parte de los lectores y también del mismo autor. Como si se cocinara un texto dispuesto a ser resignfinicado en cualquier momento.
En estos tiempos en donde parecemos aferrarnos a las ideologías para justificar nuestra existencia, el pensamiento de Bolaño cobra fuerza, a través de su cercanía con lo sencillo y con los problemas que seguimos teniendo los seres humanos, principalmente latinoamericanos. Hay más de un regalo de la casualidad en esta historia, y es que uno de los escenarios en los que Bolaño viviera gran parte de su rebelde juventud fuera la Ciudad de México. Leer Los Detectives Salvajes es muestra de ello, pues además de sentir que estás en un delirio que cambia de escena constantemente, se siente como recorrer la ciudad existiendo en una de las etapas más bizarras para ser joven y ser mexicano. Después de haber estado en Chile durante el golpe de estado, Bolaño volvió a México en el 74’ al no encontrar esperanza de hacer frente a la dictadura inminente en su país natal. Inicialmente había llegado a México con su familia en el 68’ a los 15 años, y después, en el 73’ viajó a Chile, específicamente para sumarse al movimiento del presidente Salvador Allende. Regresó a México tres años después del halconazo y de Avándaro y con cierto fracaso en el corazón por lo que ocurría en Chile, se quedó para volverse mexicano, lugar que él mismo definió como su “tierra literaria”. Tal vez a Bolaño le tocaron los tiempos de la psicodelia, del amor libre, de bares y fiestas clandestinas, de la represión cultural y sistemática a las libertades, del éxtasis del rock and roll, de la precariedad (cosa que no ha cambiado mucho) de quienes apostaban por dedicarse de lleno a la escritura, así como todo tipo de atentados en contra de la libertad de expresión. Tal vez le haya tocado la ciudad urbanizada de autos clásicos y colonias modernas, europeizadas, en contraste, como siempre con una extensión más bien grande de colonias y barrios marginales. Muy probablemente haya vivido en la ciudad de la contracultura, de lo under, de la influencia de los de La Onda; en los tiempos de Monsiváis y José Agustín; en el tiempo de las drogas y la libertad sexual, tal vez. Y en un sentido más político, si es que todo lo anterior no lo fuera, es casi un hecho que Bolaño creía en la utopía de una especie de fraternidad, de una anarquía amorosa con lo diferente, sostenida por la poesía como mayor anhelo. En Los Detectives podemos ver de cerca a la clase intelectual de entonces que tenía dinero y que vivía en la colonia Roma y en la Condesa, descendientes de extranjeros, “gente de carrera”, escritores y poetas exquisitos, hedonistas, investigadores, arquitectos, “personas interesantes”, así mismo en contraste con los poetas de a pie, bohemios de asfalto como él, como Mario Santiago, como muchos otros que vivían en colonias cercanas a los límites de la ciudad, que viajaban largos trayectos para llegar a la universidad y también a las fiestas y al centro de la esfera juvenil de entonces, donde se organizaba el relajo. Tal vez haya conocido los bares y tugurios de la zona rosa, de los barrios bajos que hoy aún resisten, donde parecían suceder las revelaciones y los despertares de la época; lugares donde como hasta ahora, todo es posible y los límites de cualquier cosa imaginable, incluyendo la vida propia, se estiran más que en ningún otro lugar. Lugares en donde todo y al mismo tiempo nada sucede. Probablemente se quedó de ver o se encontró por casualidad con amigos poetas, escritores y con conocidos aleatorios en los cafés del centro, en los lugares comunes de aquellos años. Bolaño vivió inicialmente con sus padres en la colonia Lindavista, en la Gustavo A. Madero al norte de la ciudad y se dice que vivió también en la colonia Nápoles. Habla de ello en sus cuentos. No obstante, los lugares de la ciudad que evoca en sus libros pertenecen casi siempre al centro de la ciudad.
A veces cierro los ojos y añoro despertar en otra época, en algo así como una vida alternativa en la que Bolaño fuera mi mejor amigo. Pienso que hubiéramos ido a beber a algún bar escondido de la zona rosa y habríamos compartido un cuarto barato para vivir cercanos al tianguis del Chopo. Y si hubiera vivido más hasta habríamos visto inaugurada la biblioteca Vasconcelos, criticando por supuesto al presidente por lavarse las manos de los problemas del país inaugurando bibliotecas, actos de los que estaríamos seguros, no entendería nada. Hubiéramos ido por Pulque a Xochimilco en tren ligero y hubiéramos fumando un cigarro tras otro, platicando. Habríamos usado hasta el cansancio la misma chamarra y los mismos jeans y asistido a fiestas de desconocidos y dormido en los sillones esperando a que amaneciera para volver a casa y comprar un tamal y un atole en el camino. Y todo el tiempo platicar de todo y llegar a nuevas conclusiones juntos como unos verdaderos cómplices. Me hubiera gustado observar de cerca su amistad con Mario Santiago, quien fuera su mejor amigo y quien murió incluso antes que él, y pasar el tiempo con ellos, consiguiendo libros, tomando cervezas y tés de manzanilla y yo café, aceptando trabajos mal pagados para sobrevivir y gastar nuestras energías solo en discutir y descubrir nuevos poemas y nuevas inquietudes, ironizando la vida en cada comentario, tomando siempre todos los caminos menos el ya trazado. Al menos por un tiempo habríamos compartido la dicha pero también la melancolía de no elegir ninguno de los caminos que proponía la vida más que el de ser espectadores y poetas de lo cotidiano y hacer lo que él quiso en algún punto de su vida, que era vivir como poeta. Simplemente, apostarlo todo. Podríamos haberle añadido otro significado a la frase del personaje de Mark Renton en Trainspotting, película que estoy segura que sí alcanzó a ver: I choose not to choose life, I chose something else, y sentirnos triunfantes de no ser esclavos del deber ser, al menos por instantes y ratos. Y aunque ese estilo de vida probablemente nos hubiera llevado a conocer estados humanos disminuidos, cosa que estoy segura que también él tomaba en cuenta para su propia supervivencia, lo habríamos evadido todo, “placenteros y vacíos”, como decía Juan García Madero en los Detectives Salvajes.
FIN
*Nota: Este texto está dedicado a Luis Vega, quien también se llamaba Roberto y quien, en el fondo era un músico, un melómano, amante de la vida y de la alegría. Descansa en paz, Luis. Gracias por tu cariño y protección en los años en los que todavía para nosotros la vida era aún más incierta de lo que es ahora. Te recordaré siempre.
Regina Moreno.


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