Crótalo
Abrí los ojos. Lo primero que vi fue una serpiente acercándose peligrosamente hacía mí. Una ola helada me recorrió el cuerpo y mi corazón comenzó a latir escandalosamente al escuchar su siseo acechante. Intenté pararme lo más rápido que pude y salir corriendo pero en cuanto me incorporé, la serpiente se lanzó como látigo hacia mi muslo derecho y sentí sus colmillos clavarse en mi entrepierna. De inmediato sentí un dolor intenso y cómo comenzaban a desbordarse mis ojos en lágrimas; quería tirarme ahí junto a ella y que me mordiera de nuevo y hacer que me matara para evitar el sufrimiento que supe, me esperaba. Pero el instinto de supervivencia me obligó a correr hacia la salida de la cabaña, pues Máximo y Giovanna no estaban al interior. Comencé a marearme, y el ardor de la pierna se hizo cada vez más intenso. Recordé el momento en que abrí los ojos y vino a mi mente el vibrante cascabel de la serpiente que me acababa de morder y pensé, -ya valió madre-. Aún con fuerzas para pensar y con la adrenalina a tope corrí hacia atrás de la cabaña en la oscuridad buscando a mis compañeros y ahí estaban. Ambos, semidesnudos, Giovanna con el pecho descubierto y Máximo sin pantalones. La escena, de haber estado ambos con vida, me hubiera provocado una sensación similar a la que tuve antes de que me mordiera la serpiente. Él era mi compañero, y ella mi amiga, y ahora estaban los dos ahí tirados, en medio del desierto, medio encuerados, Máximo con mordeduras de serpiente en el cuello y en la espalda y Giovanna en un brazo, en el pecho y en las piernas. A ambos les escurría el veneno de las heridas, un líquido espeso, casi amarillo que se mezclaba con su sangre y que fue suficiente para dejarlos inmóviles; tiesos. Cubierta en llanto, entre el dolor de la mordedura y del shock de saberlos muertos, más el coraje de la evidente traición, todo en uno, me limpié los mocos con la manga de la chamarra y seguí corriendo.
Esa noche, antes del caos, cuando llegamos nos preguntamos por qué estaba tan solitario ese sendero, incluida la cabaña, pero estábamos tan cansados por el día de trayecto casi sin paradas que no investigamos más. Amarramos los caballos en un sauce que estaba detrás, cuyas flores se iluminaban con la luz de la luna de aquella noche de cielo negro y estrellas brillantes y nos metimos a dormir a la cabaña.
Me acerqué al sauce y milagrosamente Felipe, mi caballo estaba vivo. La correa de Lucy se veía arrancada, la yegua. Miré a mi alrededor y no la vi. -Ojalá se haya escapado-, pensé. Me acerqué al árbol para soltar la cuerda que mantenía al caballo amarrado al árbol y volví a escuchar el siseo, esta vez más intenso, de las víboras. Me retiré. Un poco más atrás del árbol, se dibujaba entre las sombras un pequeño acantilado. El terreno agujerado por la sequía y el clima áspero del desierto formó una cueva debajo del árbol, llena de grietas, donde se extendía a lo largo un enorme nido de serpientes. Sentí un nuevo escalofrío. Me aparté por un momento para pensar con claridad, pero solamente como tomando impulso hacia atrás y lo supe, era todo o nada. Me abalancé sobre la cuerda, la jalé con fuerza y le di una nalgada a Felipe con toda la mano. En cuanto reaccionó, dio un salto hacia adelante que lo salvó del latigueo letal de una serpiente que ya estaba lista para atacarnos de nuevo. Con un esfuerzo desgarrador que me provocó un dolor insoportable en la pierna subí al caballo y tiré de las riendas. -Corre-, le dije, sálvanos Felipe. Y aunque no supe a dónde nos dirigíamos, ni si íbamos a sobrevivir, estar montada en su lomo, para mí ya era la salvación.



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