Elenita Poniatowska
No sé qué escribir pero escribo. Para mí dormir un sueño profundo es igual de reconfortante que de deshidratante. Me pasa que puedo aguantar dos días con un arranque de energía maníaco. Alguna vez tuve un trabajo en el que tenía que estar pendiente 24/7 y detalles mínimos parecían de vida o muerte, y con el paso del tiempo concluí que me enfermé. Tengo estrés y preocupación crónicos pero también esa capacidad de resistir dos días en estado de alerta, durmiendo poco, reaccionando rápido y resolviendo mil cosas a la vez. Si fuera un paramédico o un doctor o un velador, o un repartidor de periódico de madrugada tendría la personalidad ideal. Sin embargo, la experiencia traumática fue suficiente para huir de cualquier actividad similar, y es que me costó años controlar y regular mi energía para que mi cuerpo entendiera que la urgencia y el peligro se habían terminado. Lo logré, pero quedó el remanente, similar a la resistencia del obrero, de la ama de casa, de la madre soltera, de la trabajadora doméstica, del deportista, de aguantar porque sí. El bajón de esa energía llega de un momento a otro. Se activa el interruptor y el cuerpo dice "no más". Alguien le apaga el switch al cuerpo y no más pensamiento, no más anticipación, no más angustia, no más "sí me da tiempo de esto". Queda puro "necesito dormir". Y es ahí, en esa siesta de mitad de la tarde que caigo rendida, que duermo tres o cuatro horas de corrido y descanso tan bien, pero me despierto con una sed inmensa. Siento que soy una esponja para lavar trastes reseca. No sé qué escribir pero escribo que mi gato me rasguñó los pies mientras dormía y me dolió, pero no me enojo nunca; durante las tardes, no hay un lugar mejor en el que pueda estar que en mi cama con él. Faltan solo algunos días para navidad y hace mucho frío; solo se antoja estar dentro de las cobijas, tranquilos, contemplando el fin de la tarde y el inicio de las noches frías, de cielos despejados y lunas llenas. Casi se acaban las posadas y otra vez no fui a ninguna. Me gustan mucho las posadas pero mi batería social es contradictoria. Últimamente está reservada a momentos específicos y para la familia. Me cuesta mucho trabajo convivir, creo que con el tiempo las habilidades sociales, si no se practican, se olvidan; uno se entorpece y luego ya no sabe qué decir. Ayer estaba escuchando un programa en Spotify que se llama El Soundtrack de una vida que me enseñó un amigo. Se trata de un podcast en el que entrevistan a personalidades culturales destacadas; desde músicos o escritores hasta actores y periodistas, acerca de cómo la música impactó sus vidas, con referencias, recuerdos y coincidencias. Es genial. Creo que no hay mejor ejercicio para conocer a una persona que esa, a través de la música y de sus gustos. Por ejemplo, Elenita Poniatowska, toda ella es un vals y un bolero y también una sinfonía. Un vals porque tenía amigos polacos que eran grandes pianistas y músicos como lo son tantas personas de esa nacionalidad, nacidos para tocar el piano, lo mismo que su familia, de quienes aprendió a escuchar y a crecer con música clásica. Un bolero porque vivió envuelta en las mieles y sopores de la música tradicional mexicana que se escuchaba en todos lados, que era "lo de la época", que era lo que le tocaba escuchar en su andar por las calles de la Ciudad de México, que la vio convertirse en cronista, en narradora excepcional. Y una sinfonía porque era tan hermosa que un compositor escribió para ella música específica, única, para ella y su hermana, "Las Poniatowska", les decían. Elenita cuenta que le encantaba vivir en el centro de la ciudad porque escuchaba cantar a las mujeres lavanderas que subían a tallar la ropa a la azotea durante el día. Siempre eran canciones románticas, sobre todo boleros. En un instante, aquello me hizo identificarme; pensé que yo soy la que lavo la ropa en mi casa, los trastes, los pisos, los trapeadores y también canto, canto mucho y bonito. Después, en un momento de la entrevista, la escritora se entristeció al explicar a la conductora del programa que desafortunadamente ya no existían más esas lavanderas cantoras porque ahora son otros tiempos, "ya nadie sube a lavar", dice. Pero qué ganas de decirle que seguimos existiendo, que yo soy lavandera y soy cantante y creo que también escritora. Qué dicha más grande sería que ella lo supiera. Qué dicha más grande es la conciencia de una misma. Qué ganas de dormir esa siesta de nuevo.



Amado Nervo en su poema "Dormir" dice:
ResponderBorrar"El sueño es un estado de divinidad...
"Dormid@s cada un@ está en su mundo, en su exclusivo mundo"
Escribe lo que hilas en tus propios sueños.
Creo que es un espacio donde puede suceder cualquier cosa. Es como una fábrica de posibilidades. Y se dibujan más real que en cualquier película o cualquier libro. Es como estar viviéndolo de verdad.
BorrarEscribe lo que hilas en tus propios sueños.
ResponderBorrarYa que Amado Nervo dice que : "El sueño es un estado de divinidad"