Huele a lluvia y apesta a soledad
No sé qué escribir pero escribo. Cuando siento el deseo de escribir pero me siento alejada de mis ideas y de lo que podría poner en la hoja en blanco pienso en cuál sería la forma de iniciar un texto que me guste, que tenga sentido, y en todo caso una idea general de un texto "bueno", pero la verdad es que no la encuentro. Me acuerdo que cuando era adolescente pensaba en ese ejercicio como lo más fácil del mundo. Creo que también escribía con más facilidad, pero hoy en día vaya que me freno en seco. ¿Qué puedo escribir?, pienso, y empiezo a divagar en que así como me gustaría escribir una novela, me gustaría escribir un poema, como me gustaría escribir un ensayo o un guión de cine. Y pienso también que tengo tantas cosas anotadas en tantos y diferentes cuadernos y espacios que en realidad no tengo idea de por dónde empezar. Luego me acuerdo que el pensamiento estructurado en esta misión sería útil. "-¿Por qué no haces el proyecto de una novela, por ejemplo, el cascarón-", me sugiero, "-Todo mundo dice que por ahí se empieza-", agrego, y otra vez llega a mi mente esa maraña de posibilidades y termino por rechazar la idea. "-¡No sé!-", pienso de nuevo y me frustro y termino por dejar. Y así hay tantos textos iniciados, sin desarrollo, ahí, flotando en la computadora y el mundo de lo posible; de las posibilidades. Me recordó a un libro de Cortázar que aún no he leído pero cuyo título es ilustrativo: La vuelta al día en ochenta mundos. Lo que es un hecho y que cada vez descubro mejor de mi vocación de escritora que a veces se asoma, es que sentarme a teclear es tal vez lo único que aminora esa sensación de desesperanza que me acompaña durante casi todo el día. Me relaja casi inmediatamente. No lo había pensado pero qué triste que puede llegar a tornarse el día. Ese momento en que la luz comienza a irse y las calles se vuelven poco a poco solitarias, acompañadas solamente de un viento fresco que levanta las hojas y la basura de las calles, como si la ventisca trajera consigo una premonición. Como si anunciara la muerte del día. Pero empecé este texto justo la semana pasada y ya es la próxima semana y sigo en las mismas. No sé qué escribir pero escribo. Caminando por las bonitas calles del centro de Coyoacán mientras paseaba a uno de mis perros y me preparaba para el temible ocaso, leí una frase escrita en una barda con tinta azul y letras mayúsculas: "HUELE A LLUVIA Y APESTA A SOLEDAD". "-¡Vaya!, alguien cuerdo-", pensé. Las frases anónimas en la calle o en los baños públicos o en general, en cualquier espacio, irremediablemente me hacen pensar en mi soledad y en la valentía para dejarlas por ahí flotando. Y es que algunas son verdaderamente fuertes. La verdad es que desde que paso mucho tiempo sola cada vez me cuesta más trabajo convivir con los demás, siento que me estoy enfermando de un desinterés; solo quiero estar escuchando conferencias de escritores interesantes y leyendo o escuchando música con suma atención, sumergida en otro mundo lejano a este en el que vivo. Me preocupa mi soledad y a la vez no; la atesoro. Sé que confesando esto, lo único que gano es una animadversión muy desfavorable para mi persona porque he roto, quiero pensar que momentáneamente, lazos importantes con personas importantes para mí. Pero es que no tengo remedio. Últimamente he notado que me resulta casi imposible estar en una sobremesa; siento que voy tarde a todos los comentarios o me pierdo viendo la nariz o los ojos de quienes me están hablando y pasa que cuando es mi turno de hablar llevo por lo menos un minuto de disociación. Es algo muy cansado, complicado y la verdad, vergonzoso. Siento pena con los demás, siento pena con que me dé flojera escucharlos. A veces pienso que estuviera buscando en el prójimo alguna respuesta, algún movimiento que los haga distintos, interesantes. Cada vez disfruto menos y me considero más incapaz de llevar a la práctica las habilidades sociales básicas, aquello que llaman modales. Con quienes no tengo el mayor problema y disfruto tanto su energía y su compañía son los gatos y los perros. ¿Por qué no podemos convivir así los seres humanos? Sin hablar. Bastaría con nuestros gestos para entendernos. Pero no, maldita cordialidad. Termino esta entrada con un poema que me enseñó mi amigo Jorge Arturo, del poeta rumano Marin Sorescu, titulado: La huída.
Un día me levantaré del escritorio y comenzaré a distanciarme de las palabras, de vosotros y de las cosas, una por una.
Veré en la lejanía una montaña e iré hacia ella hasta que la montaña quede atrás.
Luego iré a la siga de una nube y la nube quedará atrás.
También el sol quedará atrás y las estrellas y todo el universo...
Nina.



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